Uno de los componentes del dogma neoliberal
que tiene más visibilidad en los mayores medios de información de este
país es la supremacía de los mercados, insistiendo en que su eficacia en
la distribución de los recursos es mucho mayor que la resultante del
intervencionismo público, principio que según los talibanes neoliberales
que dominan aquellos medios de información es aplicable a todos los
sectores y actividades de la sociedad, donde quiera que esta sociedad
exista. Se subraya que es el ciudadano, como usuario y consumidor, el
que debe dirigir la distribución de los recursos, repito, en todos los
sectores y actividades, incluyendo en las áreas atendidas y cubiertas
por los servicios públicos, como la sanidad y la educación. El Partido
Libertario, principal componente del máximo representante del
ultraliberalismo estadounidense, el Tea Party, ha introducido en esta
lista de privatizaciones el servicio público encargado de apagar los
incendios: los bomberos. Dicho Partido Libertario, por cierto, es el que
goza de mayores simpatías (según propia declaración) del economista de
la Universidad de Columbia en Nueva York, el Sr. Sala y Martin, gran
gurú económico de los sectores más derechistas del independentismo
catalán (quisiera aclarar aquí que mi frecuente referencia en mis
escritos a este economista se debe a que es el economista más visible en
los altamente manipulados medios de información públicos de la
Generalitat de Catalunya, TV3 y Catalunya Ràdio).
Según este partido neoliberal, los bomberos deberían ser privatizados
y sus servicios deberían estar determinados por los mercados. No es
difícil predecir qué ocurriría si usted se encontrara con que se
incendia su casa y llegaran los bomberos, a los que usted les pagará el
servicio. Ni que decir tiene que en una situación desesperada (como ver
su casa ardiendo) pagaría lo que le pidieran, porque querría que se
salvase su casa. Y, naturalmente, aparecerían cuarteles de bomberos en
los barrios más pudientes, y dejarían de haberlos en los barrios más
pobres. Es más, los bomberos competirían entre ellos, e intentarían por
todos los medios –incluyendo poner obstáculos en las carreteras de
acceso – a los otros bomberos, con quienes competirían para apagar
incendios. Y, como es lógico, se opondrían por todos los medios a que se
hicieran campañas de prevención de incendios, pues a más incendios, más
negocio. Y es probable que con el tiempo esta competición desapareciera
también, monopolizándose su práctica, estableciéndose una complicidad
entre los bomberos que tuvieran mayor capacidad de influenciar a las
autoridades públicas y dichas autoridades, recibiendo privilegios como
tener carreteras especialmente accesibles para ellos. Es fácil de
predecir que el número de incendios crecería como consecuencia de la
privatización de los servicios de bomberos.
Las consecuencias de la privatización de los servicios esenciales
De todos estos datos se puede entender que la gran mayoría de
servicios de bomberos en la mayoría de países del mundo no estén
privatizados (y que no tengan afán de lucro). Pero, por sorprendente que
parezca, y como señala el bien conocido y respetado economista Dean
Baker (codirector del prestigioso Center for Economic and Policy Research),
hay muchos servicios, tan vitales como los bomberos, que están
dominados por compañías con afán de lucro, con resultados tan
desastrosos como los que tendrían lugar con la privatización de los
servicios de bomberos. Y uno de ellos es el sector farmacéutico. Señala
Dean Baker que la industria farmacéutica se centra predominantemente
–cuando no exclusivamente– en atender a los países ricos, ignorando a
los países pobres. Hoy, las poblaciones que viven en países considerados
como pobres no tienen fármacos a su alcance contra enfermedades
extendidas entre ellas porque no es rentable producirlos para tales
poblaciones. Y cuando estos países pobres se organizan para producir
fármacos –incluyendo fármacos que se utilizan en los países ricos – a
precios más económicos, las empresas farmacéuticas se movilizan para que
dejen de producirlos, imponiéndoselo a través de tratados,
paradójicamente llamados de Libre Comercio, que prohíben a tales países
la producción de fármacos a precios más reducidos.
Los costes de tal privatización
En EEUU, el tratamiento por paciente de casos de Hepatitis C, con el
fármaco Sovaldi, cuesta nada menos que 84.000 dólares (unos 76.000
euros) de promedio, mientras que un tratamiento con un medicamento
idéntico podría costar en la India solo 200 dólares (unos 180 euros). De
ahí que la industria farmacéutica basada en los países ricos esté
intentando por todos los medios que se prohíba a la India que produzca o
venda tal fármaco a este precios, y lo está casi consiguiendo a base
del Tratado de Libre Comercio del Pacífico o Trans-Pacific Partnership
(TPP). Y el gobierno de EEUU está presionando al gobierno de la India
para que esta cambie en sus políticas de producción y distribución
farmacéutica para asemejarlas a las existentes en EEUU (por cierto,
permítame el lector hacer una nota al pie de página al hacer esta
observación. En contra de lo que postulan autores como el autor italiano
Toni Negri, los Estados continúan teniendo gran poder y protagonismo.
No es cierto que estén desapareciendo, como lo demuestra que cada vez
que hay conflictos entre empresas son los Estados los que resuelven los
conflictos, generalmente a favor de los Estados más fuertes).
Si usted analiza los llamados mercados verá la gran concentración de
la industria farmacéutica, dominada por grandes empresas a las que el
Estado permite, en la práctica, ejercer un gran monopolio, que encarece
extraordinariamente el precio de sus productos. El Estado ofrece
patentes, lo cual quiere decir que la empresa puede inflar el precio del
fármaco tanto como quiera, justificándolo bajo la excusa de que tiene
que recuperar el dinero que invirtió en la investigación y producción
del fármaco. Y para más inri, es la propia empresa la que presenta las
pruebas de la eficacia del fármaco. Las oportunidades para el fraude y
la corrupción son enormes. Ahora bien, la industria farmacéutica tiene
una enorme influencia en la prensa médica, pues la financia y apoya,
dificultando los estudios críticos con dicha industria, a lo que se
añaden los estudios financiados por ella que, supuestamente, muestran la
eficacia de sus medicamentos. Bien, verá el lector que esto del mercado
es un chollo. El ciudadano, como usuario y consumidor, tiene muy poco
poder; la ciudadanía debería rebelarse.
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